Vivir con un fantasma

sombras.jpg

Al principio decidí ignorarlo, hacer como si nada. Supongo que es lo que hace todo el mundo cuando tiene un fantasma en casa. Pretendía no verlo, ni cuando se sentaba a mi lado en el sofá, ni cuando, con un descaro insoportable, abría la nevera para servirse una cerveza y se instalaba cómodamente a contemplarme mientras yo escribía o preparaba la cena. Al principio no hablaba y por eso, a pesar de su molesta sonrisita socarrona, yo lo llevaba razonablemente bien, apelando íntimamente al idealismo trascendental de la razón pura y leyendo como una loca a Schopenhauer para no volverme eso mismo. Sin embargo, fingir nunca ha sido lo mío –no digo que no se me dé bien, sino que no me sale naturalmente- así que un día que los niños no estaban en casa, que era precisamente cuando al fantasma le daba por aparecerse impúdicamente, me enfrenté con él. Le insulté, lloré, pataleé, me emborraché y, entre hipidos, le supliqué que se fuera, que me dejara, ¿acaso no había otras casas en las que incordiar? ¿Por qué yo, señor, por qué yo? ¡Aquí de los antaños que he vivido! Y otras referencias clásicas que no venían a cuento pero que a mí me divierte traer a colación en las peleas domésticas, aunque sean con fantasmas.

La típica discusión de pareja, vamos, que por supuesto no sirvió de nada. Lo cierto es que el fantasma y yo nos conocíamos bien. No es que estuviese en la casa cuando nos mudamos, como es lo habitual. Ya se sabe, uno se compra una casa, después de mucho estudiar los planos y hacer las cuentas, y al poco de instalarse con la familia descubre con horror que hay un fantasma. No, en mi caso fue distinto, el fantasma llegó más tarde, vino del pasado con el único afán de saldar cuentas e importunar lo más posible, que es lo propio de los fantasmas. Pero en vez de asustar un rato con sus truquitos miserables y después marcharse por donde había venido -como es común en esta variante del fantasma casero itinerante- el mío decidió instalarse. Un fastidio.

He terminado por aceptar su invisible y porfiada presencia. Y en realidad me gusta que esté ahí. Ocupa mucho espacio, es verdad, pero tengo que reconocer que mi fantasma es muy limpito y ordenado. También es inteligente y agudo, por eso me gusta ver y comentar los noticieros del día con él; siempre tiene un punto de vista interesante sobre la actualidad, aunque casi nunca estamos de acuerdo. El momento más penoso es cuando traigo a un hombre a casa, en plan romántico. En esas ocasiones el fantasma no para de mofarse y de soltar puyas, comentando la jugada y glosando irónicamente las tácticas de seducción de mis pretendientes. Lo peor es que es gracioso, el muy canalla, y a veces me hace estallar de la risa, consiguiendo que yo solita espante al galán de turno y terminemos, el fantasma y yo, tumbados en el sofá viendo Cuarto Milenio.

Me he acostumbrado tanto a vivir con mi fantasma que sospecho que un día de estos desaparecerá para siempre y yo no me daré ni cuenta. Como dijo el filósofo alemán antes citado: “Man can do what he wills but he cannot will what he wills”.

Pura lógica trascendental. O mera justicia poética.

¿Feliz día de qué madre?

Ya basta