Un verano de morirse

la-vida-de-brian-e1377437180620.jpg

Es fácil morirse. Podemos morirnos en cualquier momento. Un coche que no vemos, un infarto, un tren que descarrila, un resbalón, de la manera más tonta. Cuando era joven, temía morirme de la manera más tonta. Entonces, la manera más tonta de morirse me parecía, no sé por qué, ser atropellada por una bicicleta. Después se me pasó. Ahora, como es natural, raramente pienso en la muerte. Pero a la muerte le ha dado por acaparar las portadas de todos los diarios y, compinchada con otras inoportunas circunstancias propias, me empuja a plantearme esa errática pregunta: ¿y si me muero? Aunque es poco probable, estos días me he enredado en elucubraciones fatales. Y claro, me ha dado por hacer balance, cerrar cuentas pendientes, enviar cartas manuscritas y hacer llamadas trasatlánticas. Una locura. Ya verán la factura del teléfono, esa sí que va a ser mortal.

También llamé a un antiguo novio, de quien hacía tiempo que no sabía nada, y le pedí que se casara conmigo. ¿Qué quieren? Siempre he sido muy impulsiva, no iba a cambiar ante la eventualidad de la muerte. La conversación fue más o menos así:

- ¿Qué tal

- Bien, ¿y tú?

- Bien. A lo mejor me muero la semana que viene, ¿quieres casarte conmigo?

- ¿Antes de morirte?

- Claro, después lo veo bastante difícil.

Y así sin pretenderlo, me he entregado a un frenesí de actos simbólicos y disposiciones delirantes. He hecho una lista de cómo deben repartirse mis libros en caso de que yo falte. Pero no termino de decidir quién debe quedarse con mi exquisita colección de obras de Clarice Lispector. Es difícil tomar decisiones en semejante conyuntura existencial. ¿Me tiño el pelo o me voy con canas al otro mundo? ¿Destruyo los poemas que escribí en la universidad o dejo que la historia me haga justicia? ¿Pago el IBI o ya si eso que se encargue otro?

No, no recurro al humor para ahuyentar el miedo. El humor no es un escudo. No es una forma de esconderse, sino de mostrarse y de luchar. Y el miedo, ese necio, que se ponga de rodillas, que le voy a leer la carta de Ignatius Reilly al señor Abelman. El humor es una cruzada contra la absurda fragilidad de la existencia y sus desmanes. Es mi libertad. El humor es la única forma de mantener la dignidad en un mundo en el que un niño puede ser torturado o un grupo llamarse Milli Vanilli, con total impunidad.

Lo que más me fastidiaría, puestos a morirse, es que al final resulte algo anodino. A esta vida maravillosamente intensa que he vivido, sólo le reprocho una cosa: no haber muerto nunca de amor, yo que tanto he amado, o no haberme muerto de risa, yo que tanto he reído.

Así que ya saben, si pasado mañana no vuelvo, háganme el favor: recuerden que he reído.

 

Equidistante no es un insulto

Rajoy enamorado