Re-conciliar: la revolución de las mujeres

Re-conciliar: la revolución de las mujeres

Reivindicaba el otro día la alcaldesa de Madrid, justamente indignada con las palabras de un concejal o consejero o lo que fuere el cabestro en cuestión, que las mujeres “perfectamente pueden trabajar y atender su casa”. Así: trabajar y atender su casa. Ay. Seguramente lo decía con la intención de defendernos, a las mujeres, y hacer piña -por mí y por todas mis compañeras- y, seguramente, en su afirmación políticamente incorrecta había mucha más honestidad, o al menos realidad, que en las homilías voluntaristas de la igualdad, la corresponsabilidad y la conciliación. Esas milongas. De eso se trata, finalmente, de ser capaces de trabajar y además ocuparnos de la casa, lo que incluye, por supuesto, a los hijos o al hijo y medio que tenemos de media en España. Se trata, en el fondo, del mismo modelo de ama de casa perfecta de toda la vida, pero ahora además con un trabajo fuera, que nosotras podemos con todo y, la verdad, hace falta el salario a fin de mes. Y esto sea cual sea el tipo de familia: tradicional, monoparental, homoparental, separada, divida, reunificada, multiplicada, de reconquista, de arrastre o de aluvión.

Pero entonces, si podemos con todo, si somos capaces de trabajar y ocuparnos de la casa, educar a los hijos, llevarles al médico, firmar las notas, organizar las vacaciones, poner la lavadora, llenar la nevera y ordenar los armarios, ¿cómo es que nos cuesta tanto y sólo unas pocas consiguen alcanzar puestos de responsabilidad y a igual responsabilidad seguimos cobrando menos que los hombres?

A ver si la culpa no va ser de Ana Botella ni del sistema patriarcal o matriarcal -vaya usted a saber- ni de los miles de años de historia. A veces me da por pensar que parte de la culpa es nuestra, de las mujeres. Sheryl Sandberg lo llama “las barreras interiores”; las que nos impiden, como ella tan gráficamente describe, “sentarnos a la mesa”. Esto es, lo que nos impide sentirnos iguales. Podemos exigir un trato igual, ¿pero de verdad estamos convencidas de que lo merecemos? ¿Será que nosotras mismas no terminamos de creérnoslo? ¿No somos a veces el primer obstáculo para la igualdad, con nuestros complejos, nuestra excesiva prudencia o los sentimientos de culpa o inferioridad? Recomiendo la lectura de Lean In (Vayamos adelante) para reflexionar sobre esto.

Es necesario -y urgente- poner en marcha medidas revolucionarias de conciliación de la vida familiar y laboral. Pero no para que las mujeres puedan compaginar mejor el trabajo y la familia o el trabajo y el hogar. No. Debe favorecerse la conciliación para aumentar la productividad, acelerar el desarrollo económico,  ahorrar energía, garantizar la sostenibilidad del planeta, aumentar la natalidad, mejorar la salud de los ciudadanos, conseguir trabajadores más satisfechos y motivados y niños más felices y más seguros, entre otros muchos motivos que se me ocurren más sensatos que el de compaginar trabajo y hogar.

Pero más aún que medidas de conciliación, las mujeres necesitamos un pacto de reconciliación con nosotras mismas. Con nuestras ambiciones, nuestros deseos, nuestros gustos, nuestra forma de ser; con nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Y no sólo sabernos capaces, sino sentirnos iguales. Iguales para optar, reclamar, decidir,  ganar o fallar igual que los hombres, en lo laboral y en lo personal. Iguales para decir, con normalidad, que no queremos ocuparnos de nuestras casas. O que sí queremos ocuparnos de nuestras casas.

Y necesitamos dejar de sentirnos malas madres o buenas madres -tan absurdo lo uno como lo otro- y simplemente trabajar, descansar, ser, amar, competir, acertar y errar sin flagelarnos, Y hacer de una vez por todas lo que nos dé la real gana. Sin dar explicaciones, sin buscar excusas, sin pedir permiso, sin pedir perdón. Sin sentir que debemos  justificarnos, ni ante los demás, ni ante nosotras mismas.

 

 

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