Razones básicas para llorar: estrategia y liderazgo empático

Razones básicas para llorar: estrategia y liderazgo empático

Cuando un bebé llora, los adultos a su alrededor se afanan en encontrar rápidamente una explicación: tendrá hambre, tendrá frío, tendrá sed. El llanto del bebé produce gran perplejidad y genera un espontáneo y genuino esfuerzo por parte de padres, abuelos y cuidadores para dar con la clave del problema: será pis, será caca. Conforme el niño crece, el esfuerzo de su entorno por entender la razón del berrinche es cada vez menor. A menudo vemos a padres impacientes que riñen o arrastran a niños que lloran, gritan o patalean, sin pararse a tratar de descubrir la razón de ese comportamiento. Normalmente, cuando los pequeños se comportan como la niña del exorcista –igual que cuando lo hacen los mayores- suele haber una razón. Y suele ser muy básica. Además del hambre y la sed y del pis y la caca, el cansancio, el aburrimiento, la desmotivación o el miedo suelen ser las razones detrás del llanto, el nerviosismo o el mal comportamiento de un niño. Para calmarle y, más importante aún, ayudarle a gestionar sus emociones, es fundamental detectar cuál de esos sentimientos se ha apoderado de él. Practicar el exorcismo exigirá, en cualquier caso, pararse, mirar al niño, hablar con él, hacer un esfuerzo de atención para entender.

Cuando mis hijos eran bebés,  solía zanjar las discusiones en torno al llanto diciendo que los niños lloran porque el mundo es muy grande y ellos muy pequeños. Ahora que son mayores, esa explicación me sigue pareciendo válida para entender algunos de sus enfados, sus caprichos y sus comportamientos. Los de ellos y los de la mayoría de los adultos que me rodean, incluida yo misma.

Muchos de los conflictos del día a día, en casa o en el trabajo, se evitarían o se resolverían fácilmente si fuésemos capaces de identificar las verdaderas emociones que están condicionando la actitud de los demás. Si pusiéramos más atención en el otro y escucháramos activamente, tal vez descubriríamos que quien parece tan enfadado está más bien muerto de miedo,  el que tanto protesta se ha sentido atacado, el reivindicativo está desmotivado y el que parece desmotivado tiene, en realidad, sueño. También puede ocurrir que el agresivo esté dolido, el ofendido esté celoso y el impertinente, inseguro. Hagan combinaciones.

Esa manera de mirar al otro y tratar de entender qué hay más allá de las apariencias, qué le disgusta y limita, qué espera y qué necesita, es la empatía. Cuando esa capacidad la ejerce quien tiene responsabilidades directivas y le sirve para tomar buenas decisiones de organización y resolución de conflictos, le llamo liderazgo empático.

Pero la empatía no sólo sirve para resolver conflictos, domésticos o laborales, también es útil para abordar problemas complejos y ofrecer soluciones estratégicas. La empatía permite profundizar en los asuntos y comprender – a veces desenmarañar- la red de intereses y  expectativas, pérdidas y ganancias, ambiciones y rencores -el pis y la caca-, que subyacen detrás de un problema, lo definen y condicionan. Esa sensibilidad, que suele ser innata y más común en las mujeres, supone una gran ventaja competitiva en lo profesional.

Y en lo personal también ayuda, pero menos. En casa, en el amor y en la vida, es todo mucho más difícil. Y a veces lloramos porque el mundo es muy grande y nosotros muy pequeños.

 

Rahaf

Rahaf

Bien acompañadas

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