Rajoy enamorado

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El silencio casi nunca es una buena estrategia de comunicación, en ningún ámbito. Y no porque no comunique. Al contrario,  suele ser de una elocuencia formidable y preñada de significados. Pero extravía el mensaje, multiplica hasta el desconsuelo las interpretaciones posibles y genera sentimientos imperfectos. Por eso aboca al caos y al fracaso. Lo mismo en la política que en el amor. La política y el amor son dos condiciones congénitas del ser social y presentan fundamentos y dinámicas relacionales parecidas. Ambos estados – alterados y deficitarios, casi siempre- se construyen sobre un relato de tipo mitológico en el que la individualidad se degrada frente a una aspiración o designio teleológico colectivo o universal. ¿Qué es la democracia sino un relato mitológico adaptado? Y los enamorados, ¿acaso no creen todos que su amor es fruto de propósitos absolutos del destino, venturoso o fatal? Representaciones, símbolos y ritos son elementos esenciales tanto de la actividad política como de la relación amorosa.

En esos dos ámbitos o circunstancias del devenir, apuntaladas fundamentalmente con palabras, el silencio es una bomba de relojería difícil de desactivar. Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Percibido como una agresión por el receptor, el silencio suele generar a su vez –aunque no siempre de manera inmediata-  silencio por respuesta. Pero no un silencio puro, no. Un silencio larvario en el que se va gestando un monstruo desquiciado de reproches y rencor. Y es bien sabido que los monstruos no son malos por naturaleza, pero aguijados por sentimientos de abandono e incomprensión, suelen volverse violentos.

El silencio desorienta porque abre mil puertas a la interpretación.  Huérfano de expresiones, el relato se difumina y las certezas se desmoronan sacudidas por la desesperanza. “En realidad nunca me quiso”, dirá el enamorado matando para siempre el pacto mitológico del amor. “En realidad nunca hubo proyecto”, concluirá el ciudadano desencantado y desafecto.

Lo explica muy bien Giorgio Colli, el exegeta de los pensadores griegos, cuando dice que el efecto esencial de la expresión es el apaciguamiento, la quietud. La expresión -la palabra, el discurso, la comunicación- es la única agarradera a la que puede asirse el pensamiento ante el abismo afásico de lo absoluto. En definitiva, es lo que hace al ser humano social y cuerdo.

Sin relato no hay lugar de encuentro ni destino. El silencio destruye los caminos y sume en una ataraxia exánime. Esa muerte en vida es a veces la única solución para el amor, pero no es una opción en política. Porque el amor –y he aquí la diferencia entre el uno y la otra- es un drama de dos, mientras que la política es la dramatización de la vida de todos.

Si Orfeo hubiese explicado a la desesperada Eurídice las razones poderosas por las que no se volvía a mirarla, nos hubiésemos ahorrado una insufrible ópera. Porque es precisamente en ese silencio, malinterpretado o conspirador, donde se fraguan las tragedias. Amorosas o políticas.

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PS/ Sobre el silencio de Rajoy, en términos de estrategia y comunicación política, y no de mísitica amorosa, habla a menudo Antoni Gutiérrez-Rubí en su blog Micropolítica. Lo recomiendo.

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