Rabiosa actualidad

Rabiosa actualidad

El domingo  pasado fui a ver Sueños y visiones del rey Ricardo III la noche que precedió a la infausta batalla de Bosworth, en el Teatro Español. A pesar de algunos desafortunados excesos de sonido, disfruté mucho de la sobria y delicada escenografía y de la adaptación que Carlos Martín y Sanchís Sinisterra han hecho del texto de Shakespeare. Mientras un alucinado Ricardo de York -interpretado por Juan Diego, ¿un pelín excesivo él también?- ordenaba cortar cabezas a troche y moche, yo no podía dejar de pensar, con un regocijo del que no me vanaglorio, en el caso Monago y similares de la escena política española. Comentando la función con mi señor, que no es precisamente un hipster, señalé que me parecía una obra de gran actualidad. Él, de quien admiro su sensibilidad honesta y desafectada, me hizo ver que eso de decir que los clásicos están de actualidad es un irritante lugar común propio de pedantes. Yo me defendí como pude, recurriendo a Italo Calvino y sosteniendo que aún más pedante hubiese sido decir aquello de rabiosa actualidad.

Y sin embargo lo es. Ricardo III es una obra clásica y rabiosa, como la actualidad política. Y como la actualidad política, refleja la agonía y el fin de una manera ofuscada y desmesurada de entender y ejercer el poder. Dejando muertos por el camino. Aniquilando al enemigo. Arrasando con lo que no se puede controlar o  tener. Ocultando, engañando, manipulando, sobornando. Vieja escuela de ambición desmedida, sospecha, traición y corrupción, que termina, como Ricardo III, acosada por los espíritus de la conciencia –la justicia, judicial o poética- y vencida en el campo de batalla.

Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo.

No se equivoquen, si mi señor no es un hipster, tampoco soy yo ninguna meapilas de la política. Creo, como explica Alberto Ortiz de Zárate en este lúcido artículo, que gobernar y hacer política es tarea complicada en la que a veces, irremediablemente, hay que tragar sapos. La cosa va de lidiar con problemas retorcidos, intereses enfrentados, visiones irreconciliables y asuntos de difícil gestión. Idealizaciones, las justas, vamos.

Y sin embargo, tiene que haber límites. Yo, que me considero astuta en lo estratégico y nada remilgosa en lo táctico –esto sí que es pretencioso y no lo de la actualidad de los clásicos-, prefiero perder todas las batallas antes que perder las formas. En cualquier profesión y aún más en la política -ese servicio tan necesario como ingrato-, la responsabilidad, la humanidad y la dignidad han de ser el contrapunto necesario de la ambición, que también es necesaria, pues sólo el ambicioso sueña.

Cuando la ambición es codicia y avidez, se vuelve inelegante, deforme, torpe e irremediablemente cruel, como Ricardo III. Y ya no hay sueños, sólo delirios.

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