Percepciones, distorsiones y otros planetas

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  Nada es lo que parece. Y mucho menos, nosotros mismos.

A las 6.45 de un día cualquiera suena la alarma del móvil. Deseo intensamente lanzarlo contra la pared, pero no lo hago porque es un iphone 5 que aún no he terminado de pagar. En una victoria misteriosa de la voluntad, me levanto y recorro -teléfono en mano- el largo pasillo hasta la cocina. Superados los primeros y crueles minutos del día, todo parece normal. De pronto, mientras acaricio mi timeline, el estilizado dispositivo se resbala de mis manos, yendo a parar, ante mi atrita mirada, debajo del enorme frigorífico.

Me dispongo a recuperar mi móvil. Descartada la posibilidad de mover el electrodoméstico, malvadamente empotrado entre dos muebles, la tarea va a resultar más complicada de lo que cabría imaginar. En primer lugar, para localizar el aparato debo tumbarme, cuan larga soy, en el suelo de la cocina. Ahí está, lo veo, al fondo de todo, aún iluminado, como pidiendo socorro. En vanos intentos de alcanzarlo, me incorporo y vuelvo a tumbarme varias veces, para nada: el palo de la escoba es demasiado grueso, la cuchara de los potajes demasiado corta.

Al tercer intento, me doy por vencida y permanezco mucho rato tumbada en el suelo, mirando el móvil inerte, tan parecido a mí misma. Y me da por pensar, así, de esa guisa, cosas muy profundas. Pienso en la distancia y las desavenencias entre la imagen que proyectamos en el exterior y la verdad doméstica, entre quiénes somos y quiénes parecemos o incluso creemos ser. Entre cómo nos vemos y cómo nos ven. Ahí estoy yo, absurda y desvalida, tirada en el suelo de la cocina, sin ideas, sin palabras, sin tacones. ¡Sin teléfono! ¿Qué tiene que ver este yo con el yo que saldrá en un rato a la calle, con el que entrará en la oficina, con el que cenará con sus amigas? Pero, un momento, ¿acaso este yo no soy yo también? Porque al fin y al cabo, ¿quién soy yo? Vamos a ver, ¿cuál de todas es aquí la impostora?

Estando sumida en esas cavilaciones, aparecen mis hijos y me observan atribulados. En un arranque sin precedentes de lucidez e iniciativa -que no atribuyo en ningún caso a sus genes griegos-, el mayor desaparece un momento y vuelve triunfal con un ave muerta entre las manos. El ave muerta resulta ser un plumero. ¿Tenemos un plumero?, me sorprendo. El utensilio tiene un mango finísimo y puedo ayudarme de él para recuperar el teléfono y la compostura. Ignoro como llegó ese plumero a mi hogar –aunque sospecho de un novio muy maniático- , pero ha resultado ser ciertamente útil, compraré otro.

Y exultante tras recuperar la posición vertical, pienso con cierta soberbia: ¿quién sería esa mujer que estaba hace un momento tirada en el suelo?

Mi amigo Paco me dijo una vez, hace mucho tiempo, que él siempre me imaginaba en casa con una boa de marabú, fumando en boquilla y bailando foxtrot con un amante imaginario. En blanco y negro, por supuesto. Yo me reí de aquella ocurrencia, pues nada más lejos de la realidad (salvo lo del foxtrot). Más recientemente, un compañero me describió como distante, orgullosa y racional. ¿Quién, yo?¿Yo, qué yo?

Cómo nos mostramos y cómo nos perciben no necesariamente coincide con el yo real o proyectado. Parece ser que somos lo que parecemos más que lo que somos o que parecemos lo que no somos y que, pareciéndolo, de alguna manera lo somos o al menos no somos lo que creemos o queremos ser o parecer. Un lío tremendo.

Jugando con la doctrina trascendental de los elementos, recordaré que el conocimiento (del otro) viene determinado por la suma de las impresiones y el entendimiento, que a su vez –y esto ya es mío y que Kant me perdone- exige un esfuerzo ético, una voluntad de justicia, para poder juzgar, a los demás y a uno mismo, más allá de las apariencias. Y más acá de los planetas.

 

 

 

 

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