Mi gran familia griega

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Las Reincidentes somos muy internacionales. Irene está casada con una holandesa, Lula pasa casi más tiempo en América Latina que en España y yo tengo la suerte de tener dos hijos griegos. Y entiéndase suerte en el sentido más azaroso del término, porque a veces yo misma me extraño de este hecho insólito y no puedo evitar preguntarme, muy socráticamente, cómo demonios he terminado yo aquí. Esa sensación de enajenamiento fatal me invade, inevitablemente, cada vez que vengo a Grecia. Porque, sean ustedes bien conscientes, uno no tiene dos hijos griegos sin más y ahí se las arregle como pueda. No. Con dos niños griegos, como con cualquier cosa griega, a saber, unas olivas o una mandolina, viene siempre una gran familia detrás. Esto es innegociable.

Que usted sólo quiere llevarse un tarro de miel de Creta, famosísima en el mundo entero y tan hermosamente etiquetada, pues mucho ojo porque en cuanto se descuide tiene usted al abuelo Karamanakis y a sus cuatro hijos, productores de miel desde los tiempos de los tiempos, sentados con usted en el avión de vuelta a casa. Pero si yo sólo quería un botecito, el pequeño, nada, como recuerdo, ¿sabe usted? Si a mí no me gusta la miel, si es para una amiga de la oficina, si yo no… En vano, ya está usted en la parte de atrás de la tienda, sentado a la mesa con el dueño, su madre, su suegra, otros dos ancianos sin filiación determinada, los cuatro hijos, sus mujeres y siete criaturas de diferentes tamaños que algún día serán dioses, también conocidas como ta pediá. Y hala, a comer. Como si no hubiera mañana.

Una vez atrapados en la telaraña de su mítica hospitalidad, la reacción habitual de la gente inadvertida es relajarse y disfrutar de la escena y la comida, siempre exquisita, en cualquier circunstancia y lugar. Error. En un momento determinado, divertido con las historias del abuelo, que por supuesto usted no puede comprender pero se ve a la legua que son apasionantes, se animará a alzar su vaso y a brindar por la amistad. ¿Por la amistad?, preguntará dándole palmadas en la espalda uno de los hijos. ¡Pero si ya es usted de la familia! Y es entonces cuando sacan los buzukis y el tsikoudia y los niños se retiran y la noche no acaba y lo siguiente es el avión de vuelta con los Karamanakis sonriendo a su lado. Y a ver cómo se lo explicamos a los niños, Maripili.

La familia en Grecia es infinita. Uno nunca termina de conocer a todos los tíos, primos y allegados, sangre de su sangre, repartidos por todo el mundo, desde Constantinopla hasta Patra pasando por Nueva York. Casualidades de la vida, vaya por dios, siempre que yo vengo de visita hay dos o tres nuevos parientes pasando unos días en Atenas o en Creta, dispuestos a morir de pena –y no es una manera de hablar- si no conocen por fin a mis hijos, nietos del inolvidable abuelo, y los colman de besos y regalos. Comida pantagruélica mediante, se entiende. Huelga decir que esos encuentros tan esperados –por ellos- e ineludibles son el pretexto perfecto para reunir a toda la familia. Y cuando digo toda la familia, señores, ni se imaginan las dimensiones, dramáticamente gesticulantes, que cobra el asunto.

Hace muchos años que me divorcié, pero mi gran familia griega me sigue tratando como a una más del clan. Me miran y me aceptan con ternura. Creo que sienten compasión por mí y mi extravagante querencia por el silencio, los libros y los sombreros. Le gusta mucho leer, comentan las mujeres a los nuevos parientes, pero es buena persona. La pobre no come mucho, lamentan mirándome con pena, pero es buena persona. Se divorció de Nikos, susurran, una tragedia, pero es buena persona.  Y también, gritándole a la tía sorda recién llegada de Thessaloniki: ¡es española, tía, de Es-pa-ña, pero buena persona! Todo a gritos, por supuesto, que se enteren los vecinos y ya de paso, que se sumen a la fiesta, ¡Manoli saca más vino que han venido los Papadopulos a conocer a Yolanda y a los niños!

Ellos no lo saben, pero retirada en mi rincón, escondida tras el libro y con mi extravagancia como tapadera,  disfruto mucho y les escucho y les observo atentamente, para tratar de desvelar el secreto de la vida, de la generosidad, de la alegría. Para ver si consigo, a fuerza de mirarles, que todo se pega, ser de verdad buena persona.

Por cierto, lo de romper los platos después de cenar, olvídenlo, es un mito.

 

 

 

 

 

 

 

 

El extraño síndrome del asiento vacío

De lo privado