Maniqueos sin fronteras

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En el cine o la literatura, el maniqueísmo se considera un recurso burdo, poco sutil  e irritante que molesta por igual a expertos y neófitos de todas las calañas. En la política, el periodismo o las mismas relaciones sociales, por el contrario, el maniqueísmo es un prejuicio y un subterfugio habitual al que casi nadie está dispuesto a renunciar. Quiero creer que a más de uno le dolerá en su íntimo orgullo intelectual tener que recurrir a tan rústica fórmula, tanto en el PP como en Izquierda Unida, en el ABC como en el eldiario.es, en el 15M como en FAES. Tal vez, quién sabe, algunos incluso lloren a solas ante la propia falta de recursos o la imposibilidad de utilizarlos. Que aquí, quien más quien menos, considera que lleva dentro un artista, admitámoslo.

Alguien dijo una vez -y si no lo digo yo ahora- que si tu enemigo lleva mucho tiempo siendo el mismo, tal vez va siendo hora de salir de la trinchera. Y es que hay guerras que no se libran, sólo se mantienen. Y es al amparo de una pseudo-tensión ultraideológica que intereses encontrados se definen y se alimentan mutuamente en perenne confrontación con los otros: los malos. Unos otros cada vez más desconocidos e invisibles, más mitológicos y más necesarios para mantener a las tropas unidas o al menos soliviantadas. Y es que a ver quién es el líder –o el “no líder”, me disculpen los del otro bando- que se levanta y dice: “compañeros, esta guerra hace tiempo que no existe. Tal vez hay que empezarla de nuevo”.

Porque vamos a ver, ¿quiénes son exactamente los malos? Salvo para los gurús iluminados, esta no es cuestión fácil. Sí, vale, se pueden señalar con el dedo, pero explicaciones más bien pocas, que hay cosas que están claras y no es el momento de entrar en detalles. Pero en algún momento habrá que intentarlo, digo yo, que habrá gente que quiera entender o incluso decidir en conciencia o al menos ejercitar de vez en cuando las neuronas, que suelen tender a la auto-justificación y la complacencia y por tanto engordan, y eso sí que no.

Una cosa está clara: si ellos son los malos, nosotros somos los buenos, ¿no? ¿No es así? Y al revés, por supuesto. No hay grupo humano –ni divino- que se considere o se defina así mismo diciendo “nosotros, los malos”. Esa etiqueta siempre la otorgan los otros, por supuesto sin consultas ni pactos con los agraciados con tan contundente título. Cierto es que a veces existe un consenso casi universal en la materia. ¿Hitler? Malo. ¿Saddam Hussein? Malo. ¿Pol Pot? Malo, malo. Podemos ponernos de acuerdo cuando se trata de grandes sátrapas de la historia. Pero más allá de un puñado de nombres –hombres todos, ahí lo dejo apuntado-, el asentimiento cuesta más y el consenso se va diluyendo.

¿Aznar? ¿Los americanos? ¿Botín? ¿Los bancos? ¿Las empresas? ¿La policía? ¿Son todos malos? y ¿son sólo malos o malos malísimos? Entonces, en contraposición, los pobres, los griegos, los presos, los niños, las ONG, ¿son todos buenos? y ¿son siempre buenos?

Frente al maniqueísmo –burdo, poco sutil e irritante- defiendo el dualismo ontológico, que nos convierte, en primer término, en enemigos necesarios de nosotros mismos, confrontándonos constantemente con nuestras propias profundidades y contradicciones.

En equilibrio sobre la finísima línea que separa el mundo inteligible del sensible, la esencia de las apariencias, el diálogo entre los opuestos se me antoja imprescindible. Desde ahí, la reconciliación con uno mismo es la premisa primera para poder dar cualquier batalla. Sea la que sea.

Si no es desde ahí, a mí que no me vengan con cuentos. (Salvo si son de Bolaño).  

Causas y azares

De Guindos tiene la sartén por el mango