Los cuarenta y las fortunas

images.jpg

Los aniversarios,  lo mismo que las fechas señaladas y las fiestas de guardar, son un verdadero fastidio.  Llegan siempre con el encargo de obligarnos a recordar, hacer balance y sacar conclusiones. Y si las cifras son redondas, peor aún, no hay escapatoria, es obligatorio mirarse al espejo y tener esa conversación incómoda con uno mismo. Hace poco cumplí 40 años. Consumé la exigencia del diálogo interior a primera hora del fatídico día, encerrada en el cuarto de baño. Mi imagen en el espejo y yo nos miramos fijamente, conscientes de que el trámite, aunque penoso, era necesario. No nos explayamos mucho, un intercambio básico y civilizado –ayudado de una cuidada iluminación indirecta- bastó para zanjar el asunto sin tener que entrar en crueles detalles:

-       Bueno, tampoco estás tan mal, dijo ella.

-       Vete al cuerno, le respondí yo.

Me dice todo el mundo que ahora empieza lo mejor. Cada vez que lo oigo me estremezco de placer. ¿Aún mejor?, pienso incrédula poniendo los ojos en blanco. Aterrizo en los temidos 40 reconociéndome en esencia, esto es, melancólica, pero solventemente feliz. Instalada en las certezas y sus contradicciones, serenamente ansiosa e igual de propensa al llanto que a la risa, soy una mujer tocada por las tres fortunas: la amistad, la empatía y el amor.

Los amigos, los de siempre y los de ahora, son el repositorio de mi identidad. Me recuerdan quién soy y me conceden el honor de quererles. Y les quiero tanto, que incluso cuando no estoy contenta estoy contenta, por no disgustarles. Conocen mis torpezas y no juzgan mis apuestas. Me protegen con disimulo y jamás se cobran los favores. No me reprochan las ausencias y me regalan ahijadas que liderarán el mundo. Últimamente, hasta tienen la delicadeza de no hablar del Barça en mi presencia. Gente elegante, mis amigos.

La empatía es un proceso íntimo de conexión con el mundo. Es la capacidad de entender o intuir las emociones ajenas reconociéndose uno mismo en la humanidad del otro. Es una aspiración universal de otredad y lo más cerca que podemos estar de sabernos humanos, en la comprensión profunda -y dolorosa- de eso que llamamos dignidad. Es lo contrario de la indiferencia y la apatía y el desdén. Es lo que me hace pensar y actuar, sin conformarme. La empatía es la experiencia inteligente y sensible de la que se nutren mis convicciones –ideología, la llaman unos; fe, la llaman otros- y me guía en la vida y el trabajo. Es una putada, para qué engañarnos. Pero es la putada que me permite caminar erguida y sin demasiada vergüenza en un mundo tan injusto y desigual.

El amor es el hilo argumental de mi particular y sublime monomito. Y aunque alguna vez no pudo ser, qué bendición amar así –como nunca antes, como nunca más-, milimétrica, telescópica, excesiva. Apostando todo al todo o nada, equilibrista sin red por las aristas de un mundo en vilo. Y si caigo –cuando caiga- mis añicos contarán que estuve allí, en la cumbre de ese momento fugaz donde todo cobra sentido. Con él.

¿Y decís que ahora empieza lo bueno?

Ucrania: un futuro sin olvido

¿Qué España les proteja?