La que me ha tocado

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La  familia no la escogemos y seguramente esa es la gracia del asunto familiar. La familia, por definición o imposición, siempre está ahí, más cerca o más lejos, pero siempre ahí. Ese adverbio, reconfortantemente indefinido durante el año, se hace patente realidad con las fiestas navideñas. “Ahí” de repente es “aquí” y todo lo ocupa, como en el poema de Neruda.

Año tras año, mi madre se empeña en hacernos creer que decidimos democráticamente el menú de Nochevieja. Al grito de “¿Qué os apetece cenar en fin de año?” nos moviliza y revoluciona en torno a una discusión absurda y sin fin cuya única finalidad es ayudarla a hacer todo lo contrario de lo que haya votado la mayoría. Que decimos cochinillo, pues cenamos pescado. Que optamos por la lubina al horno, entonces un enorme capón preside la mesa.

Mi padre, por su parte, es capaz de pasarse desde Nochebuena hasta Año Nuevo riéndose él sólo con un chiste malo o algún sketch facilón de la tele. Uno nuevo cada año, pero siempre el mismo desde el 24 de diciembre hasta el 1 de enero. Entras en el salón y ahí está, muerto de risa en su butaca. La única forma de pararlo es pedirle que arregle algo, que cambie una bombilla o suba y baje unas cien veces las escaleras trayendo y llevando cosas de la bodega a la cocina y al revés.

También tengo hijos, sobrinos y una hermana que no puedo creer que tenga los mismos genes que yo. No bebe, es racional, cuadriculada y siempre quiere que los niños “salgan a tomar el aire”, así llueva, truene o nieve. Se indigna cuando sostengo que el esternocleidomastoideo es un concepto filosófico indeterminado y no un simple músculo, como su mente desapasionada se empeña en aceptar. Yo le hablo del amor y ella de la crianza saludable. Yo me empeño en bucear en el pasado y ella quiere saber qué voy a hacer en Semana Santa. Sólo nos une la frustración compartida de haber votado pescado y tener que comer carne.

Para terminar de rizar el rizo, a veces aparece en escena mi ex marido, un griego guapísimo e insoportable que siempre está donde hay jarana. El tipo desenfunda la guitarra y se pone a cantar a voz en grito bellas canciones reivindicativas, ajeno al drama de los gritos que llegan desde la cocina porque al parecer hay un niño colgado de una lámpara mientras el abuelo se muere obscenamente de la risa, sin que nadie sepa cuál de las dos cosas enfurece más a mi madre ni cómo reaccionar.

Decía el recientemente fallecido Agustín García Calvo que es en torno a la familia y sus relaciones donde más violentamente, o al menos con violencia más declarada, se desencadenan y manifiestan las emociones y sentimientos más profundos, arraigados y dominantes. Yo creo que tiene razón, pero voy a necesitar otra copita de cava para reflexionar sobre ello.

Ya les contaré mis conclusiones.

2013: Sí podemos

El hombre que no podía soñar