La culpa es de mi padre

groucho_2363267k.jpg

No sé si es el suplemento de hierro que me tomo a regañadientes por las mañanas o que estoy muy segura de mí misma, pero siento que no tengo nada que demostrar a nadie. Pudiera parecer engreimiento o soberbia, pero no es eso. Me interesa mucho la opinión de los demás. Pienso que la clave de muchos éxitos reside, precisamente, en conocer, escuchar y tener en cuenta la opinión de los demás. Pero no por lo que cuentan de uno mismo –¡eso qué más da!-, sino por lo que desvelan del mundo y de la vida, esos misterios aún por descubrir. El caso es que no tengo sentido del ridículo. Y la culpa es de mi padre.

Yo tenía 13 años y estudiaba 1º de B.U.P.  Algo se celebraba, no recuerdo qué, pero sé que supliqué a mis padres que me dejasen salir por la noche con mis compañeros de clase. Me costó convencerles. Finalmente, me dejaron ir a la fiesta, pero con una condición: me recogerían en la misma puerta del lugar en el que se celebraba. A mis adolescentes ansias de independencia aquella cláusula les pareció abominable y trataron de negociar un taxi o al menos un punto de encuentro algunas calles más allá. Tuvimos que claudicar. Con un poco de suerte –pensé anticipando la vergüenza-, a la hora convenida conseguiría escabullirme discretamente sin que nadie se percatara de que mis padres me recogían en la misma puerta del local, como si fuera una niña pequeña.

Anticipé poco y mal –cosas de la vida, ahora me pagan precisamente por eso, por anticipar-. Aquella noche, mi padre iba a humillarme de tal manera delante de toda la clase que yo perdería para siempre el sentido del ridículo.

Cuando se acercaba la hora acordada, comprobé con horror que casi todo el mundo había salido a la puerta del local. Comprendí que tendría que pasar el mal trago de subirme al coche delante de todos aquellos chicos y chicas que tenían padres maravillosos que les dejaban volver a casa solos. Enseguida lo vi aparecer y acercarse dolorosamente. Reuní todo mi orgullo y me estiré desde el abdomen para enfrentarme al trance con pundonor ruso – secuelas propias de las clases de ballet, no lo analicen-. Y entonces sucedió.

Se paró delante mismo de aquel local de cuyo nombre no quiero acordarme. Todos se volvieron a mirar. Antes de que yo diese el primer paso, la puerta del conductor se abrió y mi padre salió del coche con una bata de cuadros y en zapatillas de estar por casa. Saludó a todos con la mano y caminó hasta el maletero. Lo abrió y sacó dos enormes bolsas de la basura, que depositó en unos contenedores verdes que se encontraban unos metros más allá.

Entré corriendo en el coche. Me quería morir. ¿Cómo podía haberme hecho eso? ¡Delante de todos mis compañeros! ¡Qué iban a pensar ahora de mí! Nunca, nunca, superaría aquella mortificación. Nunca, nunca, le perdonaría.

Mi padre no paró de reírse de mí hasta llegar a casa.  Yo no le dirigí la palabra en todo el fin de semana.

No recuerdo que sucedió entretanto, pero poco tiempo después entendí que los padres de los otros niños no eran mejores que los míos y que el de la bata de cuadros era un señor muy serio y muy respetado que no tenía que demostrarle nada a nadie.

Cada vez que se lo recuerdo, se parte de la risa. Y yo también.

Ya se sabe: de tal palo, tal astilla.

 

Lo que la crisis se llevó

Sí, quiero