La circunstancia

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No sabía cuánto tiempo llevaba encerrada. Varias horas, tal vez algunos días. Era una mujer despistada, con una peregrina noción del tiempo. De todas formas, estaba en su casa y, aunque ya llegaba tarde a varias citas, no sentía urgencia por salir. Ya encontraría la forma. Se preparó otro café mientras analizaba la situación. Él se había ido dando un portazo que había hecho temblar la lamparita sobre la cómoda del salón. Ella se había fijado en ese detalle y también, justo cuando la cerradura chascaba, en la horrible portada de un libro de Foster Wallace que estaba tirado en el suelo. Había cerrado por fuera, seguramente en un acto reflejo, pues era un hombre metódico. Y ella no tenía llaves, estaba segura, se las había dejado el día anterior a la señora de la limpieza. ¿Qué hacer?

Mientras pensaba sin alterarse en la mejor solución, se le vino un cuento a la cabeza. Y se puso a escribir. Estas cosas son así, o te pones con ello en ese instante preciso que atraviesa las ansias, o se desvanece en una idea que nunca será. Después de un rato ni corto ni largo, volvió a considerar la circunstancia. Por un momento, sintió cierto abatimiento, más provocado por una sensación de déjà vu que por la escena en sí. ¿Por qué siempre le pasaban estas cosas?

De pronto se acordó de la caja. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? ¡Claro! Tenía una copia de la llave en una caja, la había guardado allí tiempo atrás, por si acaso, junto a un par de cuadernos manuscritos y algunas fotos. Era un pequeño kit de supervivencia para casos de apuro. Estaba salvada.

Buscó la caja. Buscó en los armarios, en los cajones de la cómoda, en los cajones de la cocina, en todos los cajones. Encontró muchas cosas, figuritas envueltas en papel de seda, postales, libretos, dos corbatas y hasta unas viejas entradas sin usar para el museo de cera. Pero ni rastro de la llave. Se entretuvo un tiempo, tal vez unos días o unos meses, releyendo recortes de periódico y antiguos versos. Entonces, de repente, pareció percatarse de algo.

Se incorporó lentamente. Era una mujer ni joven ni vieja que se movía lentamente, aunque aparentaba todo lo contrario. Se dirigió a la puerta, acarició un momento el pomo dorado y la abrió suavemente. No estaba encerrada. Contempló el rellano en silencio, como el funcionario que certifica la muerte de alguien que no conoce, y volvió a cerrarla sin restos de sorpresa en el rostro.

Se duchó, se vistió, cogió el bolso y salió majestuosamente por la ventana. Le pareció más simbólico y apropiado, puesto que nevaba. Ventajas de vivir en un rez de chaussée, pensó divertida mientras consultaba su reloj. Si se daba prisa, llegaría a tiempo a su primera cita del día.

Echó a correr y se le vino un poema a la cabeza, pero esta vez tuvo que dejar que se desvaneciese para nunca ser. El semáforo estaba en verde y justo llegaba un taxi libre.

 

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