Ikea y la inmortalidad del alma

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A veces mi madre viene de visita. Y tiembla la tierra. Media hora antes de que suene el timbre, mis hijos y yo nos afanamos torpemente en comprobar que todo esté en su sitio, como quien se prepara para la inspección de un temido comité nacional por la rectitud y el orden. Suerte que mi madre no impone multas porque con un primer y rápido examen ocular, y antes de dejar la maleta en el suelo, ya detecta varias infracciones graves que inmediatamente hace notar: esa planta se muere, la ventana del salón está sucia, hay polvo debajo del sofá. Lo que mi madre peor ha llevado siempre de mi casa es el cuarto de los trastos, una minúscula habitación en la que reina una controlada anarquía y que a mí me ha simplificado mucho la vida. El pasado domingo, de buena mañana y con evidente premeditación, me dio un ultimátum: o los trastos o ella. Me ahorraré los detalles, pero antes del mediodía –y era domingo, repito- estábamos mi madre, los niños y yo metidos en el metro, rumbo a Ikea.

Ir a Ikea siempre me ha parecido el último recurso de la desesperación, pero me ocurre a veces que no tengo voluntad ni criterio ni ganas de discutir, y me dejé llevar. Al llegar a una parada con el evocador nombre de Las Suertes, nos bajamos. Ya en la salida, y tratándose de un territorio desconocido para mí, opté por preguntar a un hierático empleado de Metro que allí se encontraba:

- Disculpe, ¿podría darme indicaciones para llegar a Ikea?

- Claro, siga a toda esa gente, van para allá. Aquí sólo se viene a eso.

Ni las gracias le di, creo. Esa inmisericorde respuesta me sumió en un indescriptible estado de catatónica meditación filosófica. Cómo no preguntarse, siguiendo al grupo de desconocidos en dirección a Ikea, adónde vamos, de dónde venimos y cuál pueda ser el fin último de la existencia. Me interrogué incluso, ya dentro de los famosos almacenes, sobre los límites de la maldad y la bondad humanas y de la vida y la muerte.

Compramos todo lo que mi madre dispuso y haciéndose su voluntad, pues yo sólo quería regresar a casa cuanto antes para releer con fruición los Diálogos de Platón, en concreto aquel en el que Fedón y compañía reflexionan sobre la inmortalidad del alma, la reminiscencia y la cicuta.

Para que luego digan que Ikea es un lugar alienante. ¡Todo lo contrario! Mi experiencia reciente me demuestra que una visita a ese lugar uniformador también puede elevar el espíritu del hombre, confrontándole con las preguntas primitivas y eternas a las que el ser humano se enfrenta desde los tiempos de los tiempos.

Pero no sólo soy un poco más erudita desde ese día; además, donde antes tenía los trastos, ahora tengo una habitación de invitados para que mi madre pueda venir de visita más a menudo. Porque a sabia, esto es una verdad universal, a mi madre no hay quien la gane.

Y será que me duran aún los efectos de la catarsis filosófica, pero fíjense que encuentro yo cierto paralelismo entre lo que me ha pasado a mí con mi madre y el cuarto de los trastos y lo que, me temo, le va a ocurrir a España con Rajoy y los papeles de Bárcenas.

Cosas del ser reminiscente, no me hagan caso. Pero eso sí, vayan o no vayan a Ikea, cuídense el alma. Es importante.

 

 

 

 

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