Haz el bien y dime a quién

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Recomienda el refrán hacer el bien y no mirar a quién. Y no suena mal la fórmula, pero a mí no termina de convencerme. No suelo yo cuestionar la sabiduría popular, que se ha cocido a fuego lento, pero está claro que sus agudas sentencias no son de aplicación en todos los casos. Recientemente he recibido un mensaje de correo electrónico de una ONG de la que no soy socia pero sí simpatizante. Me gustan su misión y su visión y creo que realizan una importante labor de investigación y denuncia. Como todas las organizaciones sociales, entiendo que para llevar a cabo esa labor (lo que incluye, por cierto, pagar a los profesionales que la realizan) necesitan recaudar fondos, por eso ni me sorprenden ni me incomodan los numerosos mensajes que me envían para animarme a colaborar económicamente con la causa. Se da la circunstancia, además, de que trabajé muchos años en ese sector y tengo maravillosos amigos en muchas de las organizaciones que me bombardean con sus anuncios y reclamos, la mayoría de los cuales -lo reconozco- borro sin leer, aunque con gran cariño.

Pero a veces sí los leo. Y me cabreo. Con las ONG me pasa como con aquel legendario Chelsea-Barça dirigido por Ovrebo. Vuelvo una y otra vez a repasar con lupa los discutidos errores y aciertos del árbitro, no sé si para absolverme a mí -cuánto disfruté- o para exculparle a él.

En su mensaje, la ONG en cuestión me animaba a descargarme una nueva aplicación, al parecer de muy sencillo manejo, ayudándoles así a recaudar mucho dinero. Me explicaban, con cierto detalle, tanto el origen del invento como su funcionamiento práctico y no olvidaban hacerme ver que, de esta manera, yo ejercitaría mi yo solidario en colaboración con una serie de establecimientos con los que compartía ese estado de gracia. Si lo entendí bien, se trata de una cadena de gestos -y pagos- concienciados que, en último término, podrían suponer una importante fuente de recaudación para esa ONG con la que, como he dicho, simpatizo. Todo muy clarito y muy bien explicado.

Sólo olvidaron una cosa: contarme -recordarme- para qué utilizarían el dinero recaudado. ¿Daban por hecho que yo ya lo sabía? ¿Pensaban que eso no me importaría? ¿Tal vez que era un detalle sin importancia comparado con la novedad tecnológica que me ofrecían para ejercitar mi solidaridad? No es la primera vez que me pasa, otras organizaciones me han enviado mensajes parecidos en los últimos tiempos. ¿Piensan tal vez que hay que hacer el bien y no mirar a quién, como recomienda el refrán?

No lo creo. Creo más bien que esa torpeza de comunicación es un reflejo más de la generalizada falta de cultura de la transparencia y la rendición de cuentas de este país, evidente en todos los ámbitos políticos, económicos y sociales, incluido -paradójicamente- el del altruismo y la generosidad.

Yo, como ciudadana exigente en otros muchos aspectos, también quiero hacer el bien y saber a quién.

 

 

 

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