Equidistante no es un insulto

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Molestábamos a unos y a otros, lo mismo nos llamaban fascistas que comunistas. Unos decían que éramos una panda de blancos prepotentes al servicio del capital, otros que les hacíamos el juego a los enemigos de la libertad. No faltó quien llegó a calificarnos de terroristas, cuando se perdió definitivamente el respeto por las palabras y el término empezó a utilizarse sin ton ni son. No me preocupaba. Recibir críticas antagónicas siempre me pareció señal de estar haciéndolo bien. Trabajé muchos años en Amnistía Internacional, organización independiente que defiende los derechos humanos en todo el mundo, de la que sigo siendo socia y colaboradora. Como portavoz y lobbista tuve que enfrentar contradictorios vituperios. A unos les parecía repugnante que denunciásemos las torturas a miembros de ETA, otros no podían entender que criticásemos las violaciones de derechos humanos en Cuba, y muchos se indignaban porque poníamos al mismo nivel a Estados Unidos y a Irán, cuando todo el mundo sabe que uno (o el otro) es mucho peor, vamos, dónde va a parar.

El reproche que más me costaba encajar era el de la “equidistancia” con respecto al conflicto palestino-israelí, de la que mucha gente nos acusaba, pues denunciábamos en los mismos términos tanto las violaciones de derechos humanos cometidas por Israel como los abusos de los grupos armados palestinos. Discutí mucho y muchas veces con personas buenas y queridas, sensibles a la causa palestina, por esta razón. Para mí estaba claro, nada justificaba los ataques contra civiles, que debían ser condenados en todo caso. Incluso en la defensa de la causa más justa debe haber límites. Ya por aquel entonces, para mí los malos eran siempre los que no respetaban esos límites, ya fueran blancos o negros, rapados o barbudos, llevaran trajes de Armani o turbantes en la cabeza, y así le rezasen al dollar o a un profeta.

Gracias a Google, que conoce perfectamente mis gustos y preocupaciones, recibo todos los días, en forma de alertas, un resumen de las noticias que se producen en el mundo sobre los más variopintos temas que afectan a la infancia. Ayer, haciendo un repaso de las novedades de los últimos días, encontré dos noticias que me encolerizaron por igual. Una informaba de la inminente ejecución en Gaza de Abu Aliyan, un joven que tenía 14 años cuando se cometieron los crímenes por los que fue condenado a muerte. Otra daba cuenta de los casos de niños torturados por el ejército de Israel, detenidos por arrojar piedras.

Hay quienes siempre encuentran argumentos para justificar a los suyos o a aquellos con los que simpatizan, incluso ante las barbaridades más indigestas. A veces, si no encuentran los motivos razonables recurren a la peregrina explicación de que los otros son aún peores. Me maravilla esa elasticidad de gimnasta rusa del sectarismo, ese contorsionismo fanático que desafía las leyes intelectuales de la gravedad.

La filosofía de los derechos humanos es muy sencilla: todas las personas, todas y cada una, sin excepción, tienen dignidad y una serie de derechos inalienables que nada ni nadie les puede arrebatar, ni en nombre de la tradición, ni de ninguna ideología. Los derechos humanos son a la vez un acuerdo de mínimos y un horizonte ético y no pueden ser cautivos de ninguna causa. Si se sacrifican, se niegan, ya sea en nombre de la seguridad, de la justicia o de la historia.

Los derechos humanos son una exigente y molesta vara de medir. No tengan miedo de usarla y de quedarse solos, la coherencia es una buena compañía. ¡Y equidistante no es un insulto!

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