En defensa de Bob (Esponja) y Max (Estrella)

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No me prodigo mucho en la puerta del colegio de mis hijos. En las películas siempre parece un momento hermoso y feliz, pero recogerles a la salida de clase suele resultar para mí en una experiencia traumática. Me genera un extraño sentimiento de no pertenencia y el deseo insensato de ponerme a beber whisky en el despacho de la directora del centro. Yo lo intento. Juro que lo intento. Siempre me acerco al corrillo de padres con buenas intenciones y el propósito de no generar polémica. Nunca lo consigo. Suelo empezar bien, pero antes de que suene el timbre, con a penas dos frases, ya he logrado que me miren o bien con genuina perplejidad, o bien con abierto desdén. Los padres pueden ser muy crueles con otros padres. Eso es bien sabido.

La última ha sido a cuenta de Bob Esponja. Me acerqué más dispuesta que nunca a parecer una madre normal y a no mencionar bajo ningún concepto la Convención de los derechos del niño. Saludé pizpireta y me integré en la conversación en marcha. Hablaban de dibujos animados, ¡bien! Un tema poco espinoso, pensé aliviada. Y envalentonada por la aparente candidez del asunto, me lancé al palique sin cautela ni contención.

¿Se pueden creer que hay padres a los que no les gusta que sus hijos vean Bob Esponja? Yo me he enterado hace poco, pero tarde y mal, después de haber afirmado sin mesura que “confío en nuestros hijos para cambiar el mundo por la sola y única razón de que están creciendo con estos dibujos y no con las tonterías cursis, maniqueas, dogmáticas o planas que veíamos nosotros, que si no llega a ser por el Equipo A se nos queda el cerebro atrofiado del todo. Jajaja”.

Ay. Qué rematadamente sola se siente una en momentos así, cuando se hace el silencio y todos te miran. Si llego a tener un utensilio apropiado a mano, me corto la lengua allí mismo. Pues resulta que hay un movimiento de padres que considera que Bob Esponja y sus amigos son una mala influencia para sus hijos. Que si son retrasados, anormales y cosas peores que no voy a repetir. Que si excitan a los niños y les hacen reír sin sentido. Que si no tienen sentido (lo del sentido lo repitieron varias veces con diferentes fórmulas). Alguien dijo incluso que deberían estar prohibidos.

No puedo entenderlo. Me parecen los mejores dibujos animados de la historia, los más decentes, inteligentes y beneficiosos para nuestros hijos. Protagonizados por antihéroes vulgares, feos, insustanciales o histriónicos, según el personaje, pero desbordantes de humanidad, de amistad, de honestidad, de sencilla dignidad. Eso, precisamente, que tanta falta hace en el mundo en el que vivimos.

De verdad creo que es esperanzador e ilusionante que nuestros hijos crezcan con unos personajes que no representan estereotipos, que no quieren ser ni ricos ni famosos ni siquiera buenos, que no defienden absolutos, que no les imponen modelos de sociedad ni de familia, no les dan lecciones, ni les juzgan ni les obligan a juzgar, y encima les hacen reír sin sentido.

¿Acaso hay algo mejor que reír sin sentido?

Díganme pretenciosa o ebria, pero estoy convencida de que si el maestro Valle Inclán estuviese ahora mismo sentado a mi lado (lo estoy viendo) asentiría con su consabida gravedad. Estaría de acuerdo con mi idea de que, en contacto con el absurdo desde pequeños, nuestros hijos serán capaces de percibir más fácilmente, en sus justas proporciones, la deformación grotesca de la realidad oficial y política. Y gracias a la sencilla dignidad aprendida, se sentirán naturalmente obligados a cambiarla. Sin dogmas, sin consignas, sin miedo.

Esa es mi esperanza. Por eso defiendo a Bob Esponja y por eso he escrito este post que empieza con un homenaje a Cassavetes y termina con otro a Max Estrella. Porque creo o quiero creer que la revolución por venir está ahora mismo durmiendo a mi lado, abrazada plácidamente a una ridícula esponja amarilla y con la cabeza repleta de imágenes. Absurdas, claro está.

 

*Foto: Representación de Esperando a Godot, de Samuel Beckett.

 

 

 

Ay pena, penita, pena

Amar lo que se hace