En construcción

Hace 15 años que me dedico a la incidencia política o, como me ha dado por llamarlo últimamente, al lobby social. Hace poco expliqué en otro blog en qué consiste mi trabajo, cómo lo entiendo y lo vivo. A estas alturas puedo afirmar sin rubor que soy experta en derechos humanos e incidencia política. Así puedo presentarme, como si eso quisiera decir algo. Lo cierto es que estoy permanentemente en construcción. Como esas páginas web que anuncian futuros contenidos, generando expectativa e ilusión. Me gustan los espacios en construcción, físicos o virtuales, porque yo también siento que la versión definitiva de mí misma aún está por venir, construyéndose día a día con el afán de ser mejor. Mejor persona, mejor lobbista, mejor madre y mejor mujer. Porque la experiencia es un grado, sí, pero no nos libra de errar, de pifiarla y, por tanto, de seguir aprendiendo. ¿Experta en qué, decía usted? En intentarlo. Una y otra vez. En no darme por vencida y en no traicionar mis convicciones. En creer que se puede hacer mejor, que se puede ser mejor.

Fallo mucho menos como lobbista que como mujer, esa es la verdad, y eso que tanto al amor como a la política les pongo gran empeño, guiada por un mismo y decidido propósito: el de construir algo común y bueno. El amor y la política son espacios en construcción. Siempre perfectibles, aspiran a más, al ideal absoluto imaginado en las mentes de hombres y mujeres que no se conforman y quieren ser mejores. En esa tensión me construyo.

Dirán ustedes que ya soy muy mayor para ponerme hegeliana, pero comparto la idea del filósofo alemán de que el absoluto o la idea no es inmutable, como para Platón, sino una actividad incesante que sólo puede existir en el proceso de devenir para evitar ser nada. En ese proceso existimos y nos desarrollamos, como individuos, como parejas, como padres, como ciudadanos. En ese proceso imaginamos lo que somos y lo que queremos ser.

¿Me acompañan?

 

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