El extraño síndrome del asiento vacío

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No es nuevo esto de no entender a la gente. Muchas veces, especialmente cuando actúa en grupo, me deja atribulada. Pero últimamente, lo que me tiene atónita es la prisa del personal por sentarse. ¿Os habéis fijado? Sí, sí, es increíble el afán de algunos por ocupar un sitio, conseguir una silla, aposentar el trasero en algún lugar. No les culpo el deseo ni el cansancio. Y aún menos la necesidad. ¡Faltaría más! ¿Pero es necesario perder las formas?

Admito que hay butacas tan apetecibles que a uno el culo se le va sólo a ocuparlas. No hay voluntad que valga. Y sé cuánto pueden llegar a trastornar las palabras lisonjeras con las que vendedores, azafatas, gurús y empleadores de todos los colores nos invitan a acomodarnos, que hasta nos entran ganas de fumar un puro y todo. Pero insisto, ¿de verdad hay que renunciar a la elegancia para tomar asiento?  En serio, ¿ni un buenos días cómo está usted ni nada?

No me cansaré de decirlo, camaradas: lo cortés no quita lo revolucionario.

Hay muchos ejemplos y variantes de esto que digo. El fenómeno puede comprobarse a diario - a poco que se preste atención y uno ya no se chupe el dedo- en el metro, en las salas de espera, en los teatros, las oficinas, los escaños. ¿A quién no le han robado un escaño alguna vez de malas maneras por no andarse con ojo? Vamos, está a la orden del día. Pero si hasta hay un dicho en España que recomienda, con tino y finura, no visitar Sevilla si no queremos encontrarnos de repente con las posaderas al aire. ¿Por qué? Porque siempre hay alguien cerca con prisas por sentarse.

Una de las manifestaciones que más me fascina de este síndrome ocurre en los aeropuertos, justo antes de embarcar. Aunque cada pasajero tiene un asiento asignado (salvo en el caso de algunas compañías low cost que han perdido, literalmente, los papeles), muchos quieren ser los primeros en entrar en el avión y ocupar sus sitios, para lo que defienden - a veces con virulencia desquiciada, a veces con admirable e infinita paciencia- su lugar en esa cola absurda que suele formarse frente a la puerta de embarque cuando aún no ha llegado la azafata ni nada. No se te ocurra acercarte a mirar de cerca la pantalla o a preguntar algo, los miembros de la cola sacarán los dientes y empezaran a a gruñir dispuestos a atacarte cual presa de caza que pretende colarse. ¡Por encima de sus cadáveres!, ellos han decido que serán los primeros en desporrondingarse en los incomodísimos asientos del avión y no dudarán en empujar e insultar si hace falta.  ¿Temen quizá que otro pasajero tenga también el asiento 23D? ¿Piensan tal vez que se pueda colar algún listillo sin pasaje – qué rápido olvidan los engorrosos controles de seguridad- y a ver luego como le haces bajar del avión? Me resulta fascinante.

Pero bueno, es bien sabido que la conducta en los aeropuertos es como la conducta en los velorios que relataba Cortázar, una grotesca caricatura del comportamiento humano. Lo verdaderamente llamativo - y triste - es que este afán por sentarse a toda costa y cuanto antes, a veces lleva a la gente a mentir, traicionar o humillarse por hacerse con una silla vacía, ocupada o a punto de desocuparse;  a veces, incluso, cuando la persona poseída por este extraño síndrome tiene, de hecho, un asiento asignado, reservado, comprado, pagado, remunerado, blindado o grabado con letras de oro en su invitación o en su tarjeta de visita.

Lo que quería decir, y a lo mejor me he líado, es que se puede ser jugador de póker y no tener deudas con nadie. Y también, y sobre todo, que no hay nada tan elegante como permanecer de pie hasta que todo el mundo se haya sentado.

Como decían aquellos, maneras de vivir. O simplemente buenas maneras.

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