De cara a la pared

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El castigo responde siempre a un afán de venganza, por pequeño que sea (el castigo o el afán). Y es siempre humillante, esto es inevitable. La reprensión por haber obrado mal, por el daño causado o por la mera equivocación, pretende obtener del castigado un sentimiento de culpabilidad que promueva en él arrepentimiento o, al menos, desdicha. En nuestra enferma sociedad asumimos tranquilamente el castigo como un elemento de educación o re-educación. No soporto la imagen de otro ser humano humillado, ridiculizado, sometido, empequeñecido o señalado en su error. Tanto si se trata de un niño como de un adulto. La imagen me resulta del todo insoportable si se trata de un ser querido.

Hay muchas formas de castigo. El físico es siempre detestable, intolerable. Pero el psicológico puede ser igual de doloroso. Un insulto, un reproche, una mirada de rencor o, el peor de todos, el alejamiento y la negación del cariño, son siempre reacciones que causan dolor en el otro.

Mis hijos se quejan a menudo de que les hago menos caso que a mi Blackberry. Sin embargo, acostumbro a mirarles a los ojos y puedo interpretar en un segundo los sentimientos que bailan en sus pupilas. Reconozco inmediatamente el cansancio, la preocupación o el miedo en sus miradas. De todos, el arrepentimiento es el que más me conmueve. Cuando hacen algo mal, cuando se equivocan, cuando se dan cuenta de que “se han pasado” sus ojos me miran con una mezcla de culpa y desazón tan profunda y verdadera que me impide el menor de los reproches. Me miran esperando el castigo, pero ansiando el perdón. ¿Cómo negárselo?

Cuando mis hijos se equivocan, yo les abrazo. Les abro mis brazos como un refugio donde encontrar consuelo. Porque sé que saben que han hecho mal, que han hecho daño, que eso no se hace. El que se equivoca es siempre el más consciente de su error y esa comprensión del daño cometido puede fortalecerle o hacerle vulnerable, según la reacción de su entorno.

No me refiero, evidentemente, a conductas criminales o patológicas, sino a los errores y sus castigos cotidianos. El alumno de cara a la pared, el hijo sin salir de su cuarto "hasta que yo lo diga", la pareja a la que negamos el beso de buenas noches, el compañero al que ya no saludamos. Esos castigos pequeños y mezquinos.

Yo estoy en contra del castigo, de cualquier tipo de castigo. Hace poco, en un gesto torpe e irresponsable hice añicos lo más valioso que tenía. ¿Acaso merezco más castigo que constatar cada día que ya no ocupa el espacio donde estaba y la conciencia dolorosa de saber que me equivoqué? Esa contrición me ha hecho más fuerte y más comprensiva con los errores ajenos. Por eso les animo a no castigar a sus hijos, ni a sus alumnos, ni a sus parejas, ni a sus amigos, ni a sus colegas… ni a sí mismos.

El castigo es un precioso e irrecuperable tiempo perdido.

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