A mí que me traten de usted

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Me he pasado media vida cogiendo aviones. Durante mucho tiempo pensé que, por una cuestión de probabilidad, conocería al amor de mi vida en Barajas, en Orly o en Zaventem. En 2001, tras los atentados contra las torres gemelas, dejé de tener esa ilusión. Desde entonces, me enfurece tanto la parafernalia de seguridad de los aeropuertos que hasta la conciliadora probabilidad me rehúye nada más llegar al control de pasajeros. “Los zapatos se quitan (sic). Los ordenadores fuera. Cinturones, relojes, pulseras”, proclama a gritos un pequeño ejercito de civiles uniformados, desdeñando por igual las reglas de la gramática y las de la cortesía. No se dirigen a alguien en concreto, sino al acoquinado rebaño en general. Supongo que tienen órdenes de hacerlo así, de manera impersonal y sin contemplaciones, como si fuéramos robots. Y parece que funciona, pues constato que la gente obedece mecánicamente y sin protestar, ni por el trato ni por la abusiva y arbitraria exigencia de descalzarse y quitarse otras prendas de vestir.

Es humillante.

En ningún otro lugar público me siento tan denigrada, despojada y gregaria como en los aeropuertos. Lo sé, lucky me. En comparación con las penurias, torturas o violaciones a las que se enfrentan a diario millones de seres humanos, la degradación a la que uno se ve sometido en los aeropuertos puede considerarse un mero incordio más bien soportable.

Pienso, sin embargo, que esa resignada complacencia es peligrosa: empezamos aceptando sumisamente el paseíllo en calcetines hasta el detector de metales y terminamos asumiendo con indiferencia que un periódico ponga en su portada la foto de una persona intubada en una cama de hospital, en zafia violación del derecho a la intimidad y a la imagen (¿han leído la turbadora explicación del director de El País?). De la misma manera, si aceptamos sin rechistar que un empleado del aeropuerto nos ordene de malas maneras que nos descalcemos, ¿cómo no vamos a consentir con nuestro silencio que la policía haga controles de identidad racistas, de paisano y sin identificarse?

Es extremadamente grave y ominoso el creciente desprecio por los derechos fundamentales de carácter estrictamente individual, como el derecho a no ser sometido a tortura o trato inhumano o degradante, o los derechos a la intimidad, al honor y a la propia imagen. Los derechos que reconocen y preservan la esfera más personal del ser humano, su singularidad y la dignidad intrínseca de cada persona, idea sobre la que se construye todo el edificio ético, jurídico e intelectual de los derechos humanos.

Zafias son también las razones que se esgrimen para violarlos o ignorarlos. Ni el argumento de la seguridad ni el del interés público deben convencernos. No se garantiza la seguridad obligándonos a hacer cola descalzos y sujetándonos los pantalones. Tampoco la imagen de un Chávez moribundo garantiza de ninguna manera el  derecho a la información. Que no nos cuenten milongas.

En los últimos años hemos asistido al reivindicativo auge y protagonismo actual de los derechos económicos y sociales, durante demasiado tiempo considerados de segunda categoría (de segunda generación se les llamó). Largamente relegados e intelectualmente denostados, la lucha por los derechos a la salud o a la vivienda es más necesaria que nunca. Pero la interdependencia que siempre hemos invocado para defenderlos debe funcionar en las dos direcciones; nos equivocaremos si pensamos que defender la libertad del individuo frente a las injerencias y desmanes de los poderes públicos es menos importante que exigir derechos sociales o, peor aún, que es cosa de liberales acomodados.

Las draconianas medidas de seguridad de los aeropuertos responden a la misma lógica que los discursos sobre la austeridad: generar una conciencia colectiva de fatalidad y renuncia, de miedo y obediencia. Contra eso debemos luchar, en todos los ámbitos y en todas sus manifestaciones.

Debilitados como individuos, poco podremos exigir como sociedad.

No sé si en un aeropuerto se puede encontrar el amor, pero lo que sí sé es que se puede perder la dignidad, individual y colectiva.

Saludos desde Bruselas.

 

 

 

 

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