Valientes y valientas

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El título de este post es sólo un reclamo, lo reconozco. “Valiente” es un adjetivo de terminación única e invariable en cuanto al género, por lo que su versión femenina es una grosería verbal y una burda manera de llamar la atención. Además, como no escribo para hacer amigos, aprovecho para confesar, aunque no venga a cuento, que me gusta y defiendo el uso del masculino genérico. Pero no quiero enzarzarme en vacuas consideraciones lingüísticas cuando lo que me anima hoy es la motivadora y renovada constatación de que hay muchas personas valientes poniendo el contrapunto al deprimente tono general de las noticias que conforman eso que llamamos la “actualidad” y que tanto condiciona –cuando no impone- la percepción colectiva de lo que podríamos llamar la “realidad”.

En los últimos días, la noticias, las oficiales, han estado salpicadas de nombres de hombres y mujeres valientes. El periodista Kostas Vaxevanis, detenido y juzgado por publicar la lista de fortunas griegas con cuentas en paraísos fiscales. José María Fernández o Gemma Vives, entre otros jueces españoles que interpretan audaz y valerosamente la ley para ponerle coto a las ejecuciones hipotecarias y los desahucios.  Elisabeth Warren o Tammy Baldwin, los decididos nuevos rostros demócratas en el Capitolio. Y son sólo algunos ejemplos.

Diréis que mi optimismo antropológico se excita fácilmente. Es verdad, soy una mujer de fogosas convicciones políticas (en el sentido noble de las tres palabras). Pero estoy segura de que una búsqueda más exhaustiva en los medios de comunicación, proporcionaría más nombres de profesionales y políticos que no se limitan a sobrevivir a la tramposa incertidumbre económica amarrados a la mesa de sus despachos esperando a que pase el temporal. Hay personas valientes que dan un paso adelante y corren el riesgo de defender aquello en lo que creen o creen justo, tomando decisiones valientes y asumiendo la responsabilidad y las consecuencias de las mismas.

Hasta aquí, personas inspiradoras con cierta capacidad de decisión en su ámbito de influencia. Pero no olvidemos los millones de valientes sin ese margen de maniobra, héroes anónimos con sueldos de mierda o sin sueldo alguno que cada día se enfrentan a la realidad con entereza y dignidad, incluso con amabilidad y buen humor. Esas son las personas que realmente admiro y que sostienen el mundo. Los valientes cuyos nombres no aparecen nunca en las crónicas de la actualidad. En esta categoría de valientes merecen un recuerdo especial aquellos que se juegan la vida, literalmente, por defender los derechos humanos (los suyos, los de los suyos y los de todos, incluidas las generaciones futuras). En demasiados países, maestros, sindicalistas, campesinos o abogados son perseguidos, amenazados, asesinados por su generosa valentía. Casi nunca conocemos sus nombres pero configuran más verdaderamente la realidad que cualquier llamativo titular.

No sé si yo soy valiente más allá de creer temerariamente en el amor, pero la valentía ajena, pública o anónima, notoria o desapercibida, me interpela, me motiva y siento que me hace mejor persona.

Siempre y cuando se pueda ser buena persona sin utilizar el lenguaje inclusivo de género, claro.

 

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