Los otros, los buenos

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Que el mundo está repleto de personas buenas que hacen bien su trabajo es algo que no dudo y constato a menudo. Si no fuera así, si no hubiera tanta gente buena, sencilla y atenta, el planeta entero ya habría saltado por los aires hace tiempo, reventado de vanidades y rencor. No hay nada que yo respete más que la bondad, estadio último de la inteligencia. La bondad callada y bienhumorada del día a día, la de la gente responsable que cuida del mundo, que sostiene el mundo. La intuyo a diario en gestos y acciones sin pretensiones que, misteriosa y matemáticamente concatenados, levantan barricadas invisibles contra la injusticia, la arrogancia y la necedad. Y a veces, me topo con ella de frente y se me muestra abiertamente en su sigilosa inmensidad.

Visité hace unos días un centro terapéutico para menores infractores (una cárcel para niños delincuentes con problemas de salud mental, para que nos entendamos). Un lugar en el que viven personas privadas de libertad es, inevitablemente, desolador. Lo es aún más cuando se trata de niños. Había algo profundamente deshumanizado y deshumanizador en esa especie de cárcel-hospital, en esas habitaciones desangeladas, en ese frío comedor. Y sin embargo, allí estaba, ¡yo la vi!, discreta y prudente: la bondad.

La vi, perdida y vacilante, en la mirada curiosa de los chavales -unos elementos de cuidado, no nos vamos a engañar-. Pero la vi, sobre todo, en los profesionales que cuidan de ellos y les ayudan, día a día, a encontrarle un sentido a sus vidas rotas, sobre el que construir un futuro aún posible. La vi en su manera de hablarles, de mirarles, de conocerse al dedillo sus historias, las clínicas y las personales, tan dramáticas todas. La vi en su forma de explicarme los tratamientos, las rutinas, las normas del centro, las sanciones. La vi en la voluntad y la convicción con la que compensan, como pueden, la escasez de recursos, pues cada vez tienen menos presupuesto y, por lo tanto, menos herramientas para hacer bien su trabajo. La vi en su afán por no permitir que ese lugar sea un mero almacén donde esconder los fracasos de la sociedad, que la sociedad prefiere no ver. La vi en su profesionalidad sin aspavientos que no aspira a más premio que terminar la jornada con la sensación de haber avanzado algo, al menos algo, con aquel niño o con aquel otro.

Sé muy bien que no todos los centros de menores cuentan con profesionales motivados y respetuosos. Sé que en algunos se cometen abusos y se terminan de destrozar las frágiles vidas de niños extremadamente vulnerables. El Defensor del Pueblo y Amnistía Internacional tienen informes  al respecto -pueden consultarlos aquí o aquí-. También sé que la precarización es galopante y a veces no se puede suplir con buenas intenciones la falta de medios. Sé que faltan profesionales, instalaciones, talleres, terapias. Todo eso lo sé, claro que lo sé.

Pero hoy quería hablarles de lo otro, de la bondad, de los buenos. De ese batallón silencioso que sostiene el mundo, para que no se nos caiga encima.

Están en todas partes; en los hospitales, los supermecados, las escuelas, las gasolineras, los ministerios y hasta en algunos despachos de abogados. Sólo hay que fijarse para reconocerlos.

Tras las luces de neón

"La maleta de Marta"