Vallas, puentes y política

Cuando hace unos años empecé a dedicarme a esto de la incidencia, los partidos se quejaban de que los jóvenes se alejaban de la política para acercarse a las ONG. Años después, también las ONG se lamentan de que muchos de sus miembros potenciales encuentran en los movimientos sociales más respuesta para sus inquietudes y más opciones de movilización y acción. No pretendo aquí insinuar unas similitudes entre partidos políticos y ONG que no creo excesivas. Sin embargo, sí me parece que los dos comparten en este aspecto un cierto desconcierto y, en mi humilde opinión, un enfoque tal vez un tanto alejado del transcurrir de los tiempos. Porque afortunadamente, no creo que los jóvenes se hayan alejado de la política (tal vez hace unos años sí, pero desde luego no ahora), ni creo que la sociedad esté dando la espalda a las ONG (de hecho, muchas siguen creciendo en número de socios, si bien atraviesan momentos difíciles en otras fuentes de financiación). Lo que sí está ocurriendo es un distanciamiento, teñido de desconfianza, de todo tipo de instituciones, y ni partidos ni ONG escapan a este poderoso efecto.

Por eso, pienso que unos y otros se equivocan cuando se rompen la cabeza pensando cómo volver a atraer a los que se han ido. Porque, como dice Lula en su último post, estamos viviendo tiempos convulsos que implican el fin de muchas cosas tal y como las conocíamos. Y tal vez el empeño no debe estar en hacer que vuelvan los que se fueron, sino en encontrar canales para dialogar con ellos (y con el resto, claro). Y eso todavía no lo estamos sabiendo hacer. Unos desconfían de los otros, proliferan las actitudes defensivas y, en los casos más extremos (ahí las ONG afortunadamente todavía no han llegado) se levantan vallas que marcan cada vez más la distancia entre uno y otro lado. Pero no necesitamos vallas, necesitamos puentes que conviertan la desconfianza en tolerancia. Necesitamos escuchar, y saber entender lo que el otro nos está diciendo. No para rebatirlo, sino para buscar todos juntos cómo darle respuesta.

Pero claro, ya tampoco se escucha como antes. Ni en los mismos sitios. Se escucha en las redes sociales, en las plazas, en la radio, esperando a los niños en la puerta del colegio... se escucha y se interactúa cada vez más en espacios informales, que son aquellos en los que las instituciones no se mueven especialmente bien. Pero ahí está el reto de adaptarnos a los tiempos. Si nos quedamos esperando a que la gente venga a nosotros por el cauce de siempre, estaremos cada día un poco más solos.

Preguntaban el otro día en la radio a un periodista portugués si había vida después del rescate. Y su respuesta me emocionó: “no sólo hay vida, hay política después del rescate”. Y habló de cómo se estaba produciendo un regreso al debate político en la calle, citando incluso una “nueva ciudadanía”. Ojalá, con rescate o sin él, podamos decir algo parecido nosotros. Sería una buena herencia de estos tiempos convulsos.

Malditos deberes

Acabar con dignidad