Rahaf

Rahaf

Se llama Rahaf y tiene unas pestañas enormes. Es lo primero que pensé cuando salió a saludarnos -momento banal, lo sé-. Hasta ahí todo normal, pero el entorno en el que nos conocimos no era normal. Rahaf es una refugiada que ha huido de Siria junto con su madre, sus hermanos y su novio. Nos lo cuenta todo con una sonrisa en la boca mientras nos empuja hasta la “habitación” -es un decir- que comparten en un barracón del centro de acogida de refugiados de Colonia, en Alemania. Vamos por partes. Rahaf vivía con su familia en Damasco. Su padre regentaba un negocio en el que le ayudaba su hermano. Su hermana y ella estudiaban ingeniería y derecho, respectivamente. Tras cinco años de conflicto interminable, tomaron la decisión de dejar el país. No debió de ser nada fácil, entre otras cosas porque finalmente el padre se quedó en casa por encontrarse enfermo. Tienen la ilusión de que les acabe dando alcance en algún momento, pero los ojos de su madre se llenan de lágrimas y de incertidumbre al recordarle.

Nos hablan, mezclando árabe e inglés, del miedo que pasaron en el mar rumbo a Grecia, entre olas que subían y bajaban. Nos hablan del pánico corriendo en medio de la oscuridad al entrar en Hungría, huyendo de la policía. Su madre nos enseña su brazo todavía lastimado de chocarse contra unos árboles que no podían ver.

Ahora están en Alemania. Llegaron hace un mes. Viven como decía en un barracón destinado a mujeres, en el que han intentado darse un poco de intimidad con unas sábanas que separan el espacio formado por dos literas. Allí acumulan sus pocas pertenencias. Con el dinero de bolsillo que les han dado se han comprado unos caramelos que nos ofrecen insistentes nada más entrar. Y un rímel para esas pestañas preciosas.

Rahaf estudiaba derecho en Damasco y quiere acabar la carrera en Alemania. Está desesperada por aprender alemán, pero todavía no ha podido ser (los responsables del centro nos cuentan que se están organizando para que puedan recibir clases muy pronto). Los ojos le brillan cuando habla de su prometido y de su futuro como abogada.

Nos separamos de ella y de su familia con un nudo en el estómago. La alegría de verla a salvo y llena de ilusión se mezcla con la incertidumbre ante su futuro. Y el de tantos otros como ella. Ese mismo día, de vuelta a casa, veo en el avión la noticia de los traductores abandonados de Afganistán, y el estómago se me encoge un poquito.

Suerte, Rahaf. Espero que estemos a la altura de tu limpia mirada.

PD: como cualquier otra chica de su edad, Rahaf se empeñó en hacerse un selfie con nosotras. La podéis ver a la izquierda de la foto. Su hermana y su madre están abrazadas a mi lado.

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