Hagan sus apuestas

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Vamos a hacer un viaje en el tiempo. Al pasado, ayudados por el cine. Y al futuro, simplemente con nuestra imaginación. En los últimos meses he visto varias películas que me han hecho darle vueltas a la misma idea. Primero fue El Mayordomo, con sus historias cruzadas. Y unas semanas después Doce años de esclavitud. Hombres, mujeres y niños vendidos como ganado, tratados peor de lo que ahora trataríamos a cualquier animal. Años después, abolida formalmente la esclavitud, esos mismos hombres, mujeres y niños seguían siendo discriminados simplemente por el color de su piel. Pero lo que me hizo reflexionar no fue el mero hecho en sí, ni siquiera la maldad de aquellos que ejercían los malos tratos en primera persona. Lo que me impresionó fue pensar en los testigos impasibles de unas u otras escenas. La mujer del negrero que mira sin ver cómo su marido fustiga a la esclava de turno. O el hombre que sigue tomando su café tranquilamente mientras un grupo de exaltados zarandea a los activistas negros que habían osado sentarse donde no les estaba permitido.

 ¿Qué hubiese hecho yo en esa circunstancia? Creo (o quiero creer) que no soy capaz de agredir a nadie en primera persona y que tampoco lo hubiese hecho entonces. Pero… ¿y de testigo? ¿Hubiese tenido la valentía de dar la cara y arriesgarme a recibir yo otra paliza?

 Afortunadamente para mi conciencia, este es un ejercicio un poco inútil, porque nunca me veré en esa situación… ¿o sí? ¿Cuáles son las atrocidades a las que asistimos impasibles hoy en día? Aquellas que, cuando se retraten en una película a finales de este siglo, harán decir a nuestros nietos “¡qué barbaridad! ¿Cómo podían consentirlo?”.

 No hablo siquiera de situaciones como el drama terrible de los niños de Siria, que estará sin duda en uno de los lugares de honor de los horrores del siglo XXI. Me refiero a aquellas cosas que apenas llaman nuestra atención, o que como mucho asumimos con cierta incomodidad mientras seguimos tranquilamente con nuestra vida.

 Piénsalo. Seguro que se nos ocurren cosas diferentes. Yo creo, o tal vez deseo (porque será señal de que lo habremos superado), que en el siglo XXII nos escandalizaremos de la gestión tan torpe como inhumana que hacemos de los fenómenos migratorios. Nos empeñamos en encerrarnos en nuestras jaulas de cristal, despreciando, maltratando y humillando a los que han tenido la mala fortuna de nacer del otro lado: centros de internamiento, cuchillas en las verjas, pelotas de goma, derechos denegados…

 No sé qué habría hecho yo de haber vivido en Estados Unidos en la época de la segregación racial. O aquí mismo en tiempos de la inquisición. Pero una cosa tengo clara: sí sé qué estaría haciendo si hubiese nacido en un país donde la supervivencia de mis hijos no estuviese garantizada. Porque no hay valla que pueda frenarla desesperación y las ganas de proporcionar un futuro mejor a los tuyos.

 Pero me temo que hay más material para los cineastas futuros... hagan sus apuestas.

De cuando mi vida cambió

Percepciones, distorsiones y otros planetas