El eslabón más débil

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Como vamos entrando en confianza y María ha roto el hielo hablando de su familia, os voy a contar algo de la mía. Mi único hermano, Nico, tiene 38 años y una larga lista de etiquetas y diagnósticos (autismo, parálisis cerebral y epilepsia entre otros). Hace años, cuando empezábamos a plantearnos una opción residencial estable para él, me acerqué a un centro especializado. Directamente me recomendaron que contactase con otros familiares, comprásemos un terreno, construyésemos un edificio y, ya con todo hecho, tal vez sería posible conseguir el apoyo de alguna institución pública para su puesta en marcha. Me pareció increíble entonces, pero lo cierto es que fue exactamente eso lo que hicieron allá por los 80 los padres y familiares de los que ahora son compañeros de Nico en el centro donde finalmente encontramos plaza. La Asociación de Padres es la propietaria (todavía se están pagando las hipotecas varias), si bien a raíz de la Ley de Dependencia la Comunidad Autónoma concertó una serie de plazas.

Hasta ahí, todo bien. La Asociación ya cuenta con 2 centros de día, 2 residencias y 2 pisos. Unos 160 beneficiarios en total y casi otro tanto de trabajadores. Ojo, no es que haya un trabajador por residente, son “grandes dependientes” que necesitan apoyo las 24 horas del día, por tanto hay que contar con 3 turnos de 8 horas y con diversos responsables de actividades educativas, residencia, personal médico, fisioterapeutas, logopedas, etc.

Pero llegó, cómo no, la consabida crisis. Y la Comunidad Autónoma (no voy a dar detalles, podría ser casi cualquiera) empieza a dilatar los pagos. A día de hoy, debe más de medio millón de euros. La Asociación de Padres empieza endosando facturas y pidiendo créditos cuyos intereses nadie más que ellos va a pagar… pero los últimos cobros corresponden al mes de junio y los bancos ya no quieren verles aparecer. Los sueldos de los trabajadores están en serio peligro, y la atención a los chicos, en consecuencia, también.

Algunos padres y familiares proponen tomar medidas de presión, pero siempre hay alguien que verbaliza lo que todos piensan: “entonces ya seguro que no nos pagan y… ¿qué va a ser de mi hijo?”.

Dicen que una cadena es tan fuerte como lo sea su eslabón más débil. Pocos colectivos más débiles se me ocurren que el de estos chicos y chicas, tan vulnerables con su mirada limpia, tan ajenos a déficits y primas de riesgo, tan fuera de nuestros pensamientos colectivos… No quiero caer en el pesimismo, que de eso ya tenemos mucho. Sólo quiero aprovechar esta pequeña ventana para hacerles un pequeño espacio en nuestros radares.

Porque si a todos nos importa, será más difícil su abandono.

Porque a través de ellos vamos a medir nuestra altura como sociedad.

Porque si no nos movemos, un día nos tocará a nosotros, pero entonces ya será demasiado tarde…

 

Millán

Huelga ¿para qué?