El derecho a no hacer nada

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A veces el mes de agosto te regala, además del merecido descanso, uno de esos escasísimos momentos en los que puedes permitirte el lujo de leer en la oficina. Y no es un mail, ni algo urgente. Se trata de leer con calma algún documento que tenías reservado desde hace tiempo, que llevas y traes de casa al trabajo con la vana esperanza de dedicarle un rato tranquilo… Pues bien, ayer tuve esa suerte. No lo elegí a propósito, simplemente lo tenía al principio de la lista de pendientes, pero llegó en el momento más oportuno, justo cuando los padres estamos empezando a cuadrar la plantilla de horarios y actividades para el nuevo curso.

Observación general sobre el derecho del niño al descanso, el esparcimiento, el juego, las actividades recreativas, la vida cultural y las artes”. Vale, el título no es muy motivador, lo reconozco… pero créanme, el contenido debería ser obligatorio para padres, profesores y responsables políticos.

Lo firma el Comité de los Derechos del Niño, órgano de NNUU que interpreta y vigila la aplicación de la Convención sobre los Derechos del Niño. Ya sé que suena muy burocrático y poco realista, pero resulta que es la Convención más ratificada de la historia de NNUU, y por tanto vigente y directamente aplicable en muchos países (entre otros el nuestro) desde hace ya casi 25 años. Así que les voy a contar brevemente algunas cosas que dice este documento y que me han llamado poderosamente la atención:

Dice que en muchas partes del mundo se considera (consideramos) el juego como un tiempo “perdido”, improductivo, cuando es precisamente un factor clave de aprendizaje y desarrollo.

Dice que el uso de las áreas públicas por los niños está cada vez más restringido, o más condicionado por su uso comercial. Que los niños a menudo nos molestan, no queremos su ruido, a veces hasta nos dan miedo.

Que los padres nos pasamos con frecuencia de la raya siguiendo nuestro instinto protector, pero nos pasamos mucho más cuando queremos hacer de ellos pequeños Einsteins, centrados en logros académicos (aquí hay para todos, puesto que también se cuestionan los métodos educativos oficialistas que desaprovechan el enorme potencial del juego para tantas y tantas cosas), o súper deportistas de élite, con unas agendas a prueba de estrés. Y por si queda alguna duda, dice que  los niños tienen derecho a un tiempo que no esté determinado ni controlado por los adultos, así como a un tiempo en que no se les exija nada, en que puedan "no hacer nada". Que eso favorece su creatividad y les ayuda a aprender a organizarse. Me suena casi a herejía en nuestro mundo de hoy…

Que el mundo digital ofrece enormes oportunidades de acceso al ocio, pero también entraña riesgos que administraciones, padres y empresas debemos conocer y limitar. Y, en relación al mundo empresarial, alerta en particular de la enorme comercialización que viene asociada a fenómenos como la pérdida de identidad cultural, la promoción de estereotipos violentos o sexistas, la entronización del consumo, y un largo etcétera que conocemos y a menudo no logramos evitar.

Y se acuerda, por supuesto, de todos aquellos que enfrentan obstáculos adicionales para poder disfrutar de este derecho: por la falta de recursos, por tener algún tipo de discapacidad, por estar internados en instituciones o simplemente por ser niñas.

Hablaría ahora de las chicas sordas a las que conocí hace poco y lo que contaban sobre un mundo cultural que casi nunca piensa en ellas (aunque hace poco conocí este proyecto y me pareció muy interesante, ¡espero que se acuerden también de los niños!). Hablaría de los niños sirios y de cómo la palabra juego parece casi impronunciable… pero no vale con echar siempre balones fuera. Miremos nuestra agenda y la de nuestros hijos, y hagámonos un propósito para este curso que empieza: el de recuperar de vez en cuando el inmenso gusto (y el derecho) de, por una vez, disfrutar de no hacer nada.

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