De cuando mi vida cambió

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Hay hechos que cambian vidas, volteándolas, deconstruyendolas, reagrupándolas. En mi corta existencia (recuerdo que corto es un valor relativo), mi vida ha cambiado sin duda cientos o incluso miles de veces. Soy como un ave fénix, me quemo y renazco de forma constante, siempre cargada de ilusión y con el convencimiento de que tengo muchísima suerte. No me feliciten, es innato. Hoy les quería hablar de ese viaje que hice a Colombia hace unos meses. Fui como parte de un grupo heterogéneo que tenía como objetivo conocer y entender el problema de los abusos sexuales usados como arma de guerra en mujeres. El tema es durísimo. Durante dos semanas nos reunimos con decenas de mujeres, cada una con un caso más tremendo que el anterior. También estuvimos con las personas que trabajan con estas mujeres, gente inspiradora toda ella. Lecciones de entereza y superación.

Desde el primer día en Bogotá noté que se me encogía el corazón. Bogotá está tan alto que a veces sofoca, el corazón palpita, las extremidades pesan. A ese ahogo físico se une el ahogo psicológico de un racional que no puede entender tanta injusticia y tanta impunidad. Ninguno de los terribles casos de abusos que me contaron había sido tratado por la Justicia, ni con justicia. (En Colombia Justicia es esa palabra fantasma que se repite entre amigos, se grita en las calles, se llora en silencio y se enseña a los niños como si fuera un animal mitológico).

Desde hacía ya un par de años todas las mañana practicaba una tabla de ejercicios para la espalda que me pasó mi padre. Algo tipo gimnasia sueca, pero adaptado. La habitación de mi hotel en Bogotá daba a un parque donde a partir de las 5 de las mañana pasaban hordas de corredores matutinos, pin pan, con ese aspecto saludable y fresco que suelen tener los que practican esta modalidad deportiva. El primer día decidí hacer mi tabla escuchando música. Sentía una bola en la garganta, no me dejaba respirar bien, y tenía esa especie de languidez nostálgica de corazón pesado que no hay quien aguante. Me enchufe los cascos, busqué “Lori Meyers” en youtube, y apreté al play de la canción “mi realidad” mientras observaba todo el gentío corredor desde mi ventana. 4 canciones más tarde paraba de saltar sobre mí misma, se me había quitado la bola, mi corazón trotaba alegre y me sentía dispuesta a enfrentarme con ilusión al nuevo día. 20 minutos de bailes y saltos en el sitio habían sido la cura de todos mis males.

Soporté el viaje siguiendo esta terapia. Me la traje conmigo a Madrid y la sigo practicando. Cuando mi logística me lo permite salgo a la calle a correr, con la música siempre. Doy saltitos cortos y no me canso, miro al sol de frente si lo hay, y me lleno del buen rollo que todas ansían. Si no puedo salir corro sobre mi misma… sin cinta, con los pies descalzos, pin pan, pin pan, con una sonrisa en la boca y una alegría profunda en el pecho. El secreto, la banda sonora. De Lori Meyers pasé a LCD Soundsystem, Arcade Fire y los Pixies. Estos días que hace gris y lluvioso, me acompañan Modjo, Kings of Convinience y Phoenix.

Y así es como pasé de no poder subir corriendo una cuesta a trotar durante 20 minutos al día sin darme casi ni cuenta.

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