Váyanse a paseo

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Pesadilla. Esta semana toca Debate sobre el Estado de la Nación. Les reconozco que no puedo con él, por muchas razones. Primero, porque esto no es un debate, a no ser que en España se considere un debate la lectura de discursos. Al menos el amigo Obama es honesto y hace un Discurso sobre el Estado de la Unión. A veces incluso me da la impresión de que entre todos ponen un bote y contratan a un guionista, pero de los malos, que después les pasa a cada uno su papel.

Segundo, porque es una pérdida de tiempo. El estado de la nación te lo defino yo (y media España) en dos palabras: una mierda. Así que podríamos ahorrarnos todo esto, la preparación, las noticias, las encuestas, los discursos para la grada (cada uno para la suya), los análisis... Solo de escribirlo ya me entran los sudores.

Constructiva que es una, les propongo que este año hagan otra cosa. Les va a gustar: es más descansada, más barata y más eficaz. Y no necesita preparación.

Les propongo a sus señorías que se vayan de paseo. Así de fácil. Cojan el metro en Sol y dispérsense. Son muchos: unos pueden ir a Vallecas, otros a Tetuán, y por qué no, otros también al Barrio de Salamanca. Entren en algún negocio, a ser posible de los que tienen carteles de "se traspasa" o "liquidación por cierre". Pregúntenle a esa gente qué les ha pasado, qué podría haber evitado esa situación, qué necesitarían para salir adelante. Entren en los bares, pero no en los modernos como los del Hotel Urban, sino en alguno de esos bares castizos de Madrid con luminosos de Mahou, esos que se parecen a aquellos donde iban ustedes con sus abuelos. Apóyense en la barra, pídanse una caña o un solysombra y mirando hacia la tele encendida, como quien no quiere la cosa, digan "¡Cómo está el país!". Y escuchen a su vecino de taburete.

Si el metro no es lo suyo, péguense un paseíto hasta Lavapiés. Son quince minutillos desde el Congreso, se lo prometo. Vayan a la plaza. Siéntense en un banco, al lado de alguien. Sí, son negros.  Hablen con los africanos, los indios, los marroquís, los latinos. Mírenles a los ojos brillantes. Escuchen, por una vez. Escuchen de verdad. Pregúntenles cómo sobreviven. Qué hacen, en qué trabajan, como consiguen mantener a su familia de aquí y a la de allá. Aprendan.

Y para los que les va la vanguardia, cójanse la línea uno y hagan Sol-Gran Vía-Tribunal. Paseen por Malasaña. Recuerden sus años mozos. Y vean las nuevas tiendas que venden ropa y complementos de diseñadores locales. Miren la creatividad y el buen hacer que tenemos en el país. Cuando vean a un tipo de treintaypocos, con barba y gafas de pasta, o a una joven que no va de traje y con un corte de pelo poco convencional parenlos y pregunten ¿quién os factura? ¿Qué necesitáis los jóvenes que queréis emprender, los autónomos que buscáis llevar adelante vuestros propios proyectos?

Y ya que estén de paseo, si ven una escuela, mejor pública, entren. Pidan que les dejen ir a una clase y pregunten a los niños y a las niñas qué pasa en España y qué harían ellos para solucionarlo. Apunten, por favor.

Y después, a las 8, cuando empiecen a cerrar los comercios, acérquense a la puerta de un supermercado o de una pastelería. Siéntense en la acera de enfrente, con vistas a los cubos de basura y esperen.  Y lloren, si lo necesitan.

Y después vuelvan al Congreso. Siéntense en un escaño cualquiera, que no sea el suyo. Cierren los ojos y recuerden lo que ha pasado. Vayan subiendo a la tribuna y cuéntenles a los demás qué han visto, qué han sentido. No aplaudan, no griten: escuchen. Y mientras lo hacen, inspírense, y apunten las ideas que se les ocurran para cambiar el estado de la nación. Verán como en sólo unos días cambian las encuestas. Y sin pagar un duro de consultores.

 

 

Tu al congreso y yo a la calle

¿Los ausentes del debate?