Dear Jo

Dear Jo

Ayer, cuando vi tu foto en Twitter pensé: ¿qué cosa importante habrá hecho esta vez? Pero no. Las noticias eran que te habían atacado en la calle, que estabas en estado crítico. Estaba sola en la oficina, y te reconozco que no supe qué hacer. Greg, con el que hace años que no hablaba, me escribió desde Nueva York. Estuvimos intercambiándonos mensajes durante horas, primero incrédulos, después convenciéndonos el uno al otro de que con la fuerza que tenías, saldrías de esto. Yo, que ya no lo hago nunca, recé, porque no sabía qué más podía hacer.

Brillante. Apasionada. Comprometida. Incansable. Siempre me impresionó la energía que podía acumularse en un cuerpo tan pequeño. Esos ojos llenos de ideas. La sonrisa. Los taconazos, como mi amiga Yolanda.

Los que te conocimos sabíamos que llegarías lejos. Y el año pasado me alegré mucho cuando vi que salías elegida como diputada. Era tu sueño, como dijiste en Twitter. Cambiar el mundo desde arriba, llevando tus valores a la política, estando al lado de los que menos tienen y más necesitan. Te fui siguiendo y no decepcionaste a nadie: siempre al lado de los inmigrantes, de los refugiados, de las personas atrapadas en la guerra de Siria.

Cuando mi hijo me vio llorar, me preguntó qué había pasado. Se ha muerto una amiga mía, le dije. ¿Y cómo se ha muerto? – me preguntó él. Y ya no supe qué decir. Cuatro años son muy pocos para entender qué es el odio y a dónde puede llevarnos.

Ojalá tu muerte sirviese para que los políticos tengan más cuidado a la hora de utilizar las emociones negativas y de utilizar para sus fines el miedo a lo diferente. Por desgracia, dudo que así sea. Lo que sí te prometo, Jo, es que las que nos quedamos seguiremos trabajando para conseguir que haya un poquito más de justicia, y un mucho menos de odio. Te lo debemos.

Un beso.

Avergüénzate Europa

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